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Dejemos de ser optimistas, de una vez por todas. Afrontemos la realidad, seamos realistas, admitamos que algo está terminando en llamas y que nuestra inacción ya no se justifica. Hasta ahora, en su mayor parte, hemos contrarrestado cada esfuerzo necesario con las dilaciones impuestas por nuestros hábitos, nuestras comodidades. Quienes ostentan el poder solo han tenido en mente los balances. La prosperidad se ha medido por el crecimiento, la acumulación, la aceleración. Nunca por la duración de lo que sería habitable. En una democracia, la acción no va en contra de nuestros placeres. Los votos se ganan mediante la adulación y el populismo. Los intereses poderosos se aferran a la tierra como los muertos se apoderan de los vivos. Cada vez que se habla de reducir nuestros límites, nuestras libertades se rebelan. La disminución es un insulto para nosotros. La restricción solo se acepta a costa de otros. La miseria ha surgido de los sótanos para infectar el edificio, mientras la riqueza florecía arriba. Aquí no se hacen concesiones. Las depredaciones tienen su propio impulso, y la mentalidad de «después de mí, el diluvio» ha ganado elecciones. Estamos ahí. Este verano seguirá siendo el punto de partida desde el cual todo lo demás queda fechado. En menos de un año, tendremos que votar. Por una vez, tengamos un poco de memoria.